Entre la cárcel y Miami

 
 

EMILIO PALACIO

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Llegamos a 13.051 contactos

Inicié este boletín electrónico para defenderme mejor de la demanda penal que el Presidente del Ecuador Rafael Correa entabló en mi contra. Al rato -luego de mi renuncia a diario El Universo- adquirió mayor envergadura, cuando se convirtió en mi nuevo medio de comunicación con los lectores. 

En el segundo o tercer boletín, como los primeros usuarios recordarán, me puse la meta de llegar a 5.000 computadoras. La buena noticia es que el último boletín llegó a 13.051 usuarios. 

Propongo ahora una nueva meta, alcanzar 20.000 contactos. Para eso dependo de ustedes: distribúyanles el boletín “Emilio Palacio en internet” a sus amigos y conocidos, y pídanles que se suscriban haciendo clic arriba, en el ícono donde dice “Quiero recibir los boletines de Emilio Palacio”, o solicitándolo a la dirección epalacio36@gmail.com. Es completamente gratis. 

Llegamos a 13 mil computadoras

Los registros de la empresa ConstantContact, que distribuye nuestro correo electrónico, muestran que llegamos a 13.051 computadoras.  


En esta edición

* ENTRE LA CARCEL Y MIAMI. Por qué y cómo me vine a Estados Unidos. (Aquí­).

* EN LA CNN CON ISMAEL CALA. 29 de agosto del 2011. (Aquí).
 
* NO OLVIDAREMOS A ESOS MUERTOS. Hay que seguir investigando hasta encontrar a los responsables de las muertes del 30 de septiembre. (Aquí).
 

Esto dijeron

The New York Times:
Periodista huye a Estados Unidos (La noticia en inglés aquí).
 
The Washington Post: Periodista huye a Estados Unidos luego de una condena que involucra al Presidente (La noticia en inglés  aquí).
 

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Entre la cárcel y Miami

  

EL VIAJE SE ORGANIZO A LA CARRERA. Mi esposa llenó una sola maleta (no queríamos llamar la atención) mientras yo buscaba, por internet, espacio en algún vuelo. Algo de dinero, un disco duro con información de mis computadoras y un maletín con lo más indispensable para seguir escribiendo, fue todo lo que alcancé a llevar. 

¿Por qué tanta prisa? Cierto es que nos acababan de condenar a diario El Universo, a sus directivos y a mí, a tres años de cárcel y a pagarle a Rafael Correa 40 millones de dólares, pero era recién la primera instancia judicial. Todavía faltaban la segunda, la tercera e incluso una cuarta instancia. Mi prisión no era inminente, tenía aún tiempo para decidir si iba a la cárcel o ponía pies en polvorosa. 

Para entender mi apuro es necesario recapitular un par de acontecimientos.  

En los días previos a decidir el viaje, los titulares de la prensa se ocupaban todavía del video que difundí recientemente, en el que se muestra a Rafael Correa, a las 9:15 de la mañana del 30 de septiembre del 2010, acusando de “traidores a la patria” a los policías que se acababan de rebelar en el Regimiento Quito. 

El video que por poco me cuesta la cárcel.

El video que por poco me cuesta la cárcel.

En medio de ese escándalo, pasó casi desapercibido el informe de que Ecuador TV, el canal del gobierno, me demandaba ante los tribunales por haberlo calificado de fascista.

“Fascista” no es un adjetivo injurioso. Es una categoría política, tan elogiosa o insultante (según quién la utilice) como “democrático”, “comunista” o “correísta”. Ecuador TV es un canal fascista porque sus dos obsesiones son insultar a los disidentes y elogiar al caudillo, lo cual encaja perfectamente en la política fascista de Joseph Goebbels para los medios de comunicación estatales. 

Fue la primera señal de peligro inminente. Algo se preparaba en mi contra.

Casi enseguida sonó el segundo campanazo. El Fiscal de Correa, Galo Chiriboga, me convocó para que le entregue el nombre del policía anónimo que filmó con su teléfono celular a Correa en el momento en que insultaba a los policías. 

Galo Chiriboga, el fiscal de Correa

Galo Chiriboga: primero evitó recibirme 

y luego me preparó una celada.

 

En realidad, el que originalmente solicitó una entrevista al Fiscal de Correa fui yo para entregarle el video aquel, pero me mandó a contestar con un asistente que ya llamaría él para avisar cuándo podría recibirme. 

La aparente “indiferencia” del Fiscal tenía su explicación. Correa aún no había vuelto de sus vacaciones en Europa, por lo que Chiriboga quiso ganar tiempo para recibir instrucciones. 

Mi respuesta fue solicitarle entonces al Fiscal del Guayas, Antonio Gagliardo, que nos reciba. Lo hizo enseguida, de la manera más cordial. Le entregué el video y la declaración del policía anónimo, insistiendo varias veces en que yo no emitiría ningún juicio de valor ni opinión sobre el contenido de esos dos materiales. Luego me autorizó para que entregue copias a los medios.

Viendo que su trampa no funcionó, Chiriboga recurrió entonces al juego que mejor conoce, la mentira. 

Le dijo a los periodistas que me había convocado a su oficina y que yo no concurrí. Agregó que me convocaría la siguiente semana para que entregue el nombre del policía anónimo; que él estaba dispuesto a “ayudarme” a recordarlo si mi memoria no funcionaba; y que el video nada tenía que ver con mis investigaciones periodísticas puesto que se trataba de un asunto judicial. 

Con ese argumento se estaba adelantando a negarme el derecho constitucional a guardar la reserva de la fuente, que además es una obligación moral de cualquier periodista. 

Entendí entonces que si acudía a la convocatoria, la escena se desarrollaría más o menos así: Chiriboga me pediría el nombre de mi fuente, yo me negaría a entregárselo, él me “ayudaría” mostrándome algunas fotos, y me recordaría que ya una vez yo me había negado a colaborar al no asistir a su supuesto primer llamado, hasta que por fin la patética escena concluiría con mi detención en alguna cárcel de Quito, lejos de mi familia, amigos y abogados, para “investigar” mi participación en la difusión de rumores falsos y desestabilizadores. 

Fue eso lo que decidió mi salida. Es obvio que querían detenerme antes de la sentencia para que me calle y deje de mostrar documentos y videos comprometedores sobre el 30 de septiembre. 

No lo iba a permitir, y no lo permití. 

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Emilio con Cala 30 de agosto parte 1
La entrevista con el periodista Ismael Cala de CNN, el martes 30 de agosto, me permitió explicar al público latino de toda América los motivos por los que abandoné mi país.

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No olvidaremos a esos muertos
 

UN PAR DE MESES ATRAS revelé el documento oficial del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas en el que se narran los acontecimientos del trágico 30 de septiembre del 2010. 

Allí se puede leer, con absoluta claridad, que fue Correa quien ordenó que cerca de mil hombres dotados de armamento letal ingresen por sorpresa a un hospital lleno de gente inocente, con autorización para disparar si fuese necesario. 

Entregué también el famoso video del policía anónimo, que demuestra que Rafael Correa le mintió al Fiscal de Pichincha, a fines del 2010, cuando, bajo juramento, aseguró que ingresó al Regimiento Quito creyendo que se trataba de “un reclamo laboral”, y que jamás imaginó que lo querían matar. 

 

El video demuestra que Rafael Correa, por el contrario, comenzó a propagar la tesis del golpe de Estado muy temprano en la mañana, antes de escuchar siquiera a los policías que protestaban, y que la famosa escena en que mostró el pecho ante las cámaras de televisión, en realidad la venía ensayando desde antes. 

Lo que demostré con esos documentos, es no solo que Correa cometió el delito de perjurio (mentir bajo juramento), sino que además -y esto es lo más grave- que la violencia del 30 de septiembre no comenzó en la noche, cuando sonaron los primeros disparos mortales. Se la preparó desde muy temprano, en el Palacio de Gobierno, cuando le informaron a Correa de una protesta laboral en las afueras del Regimiento Quito, y él, en un arrebato de irresponsabilidad, resolvió desacreditar a los policías acusándolos de traidores a la Patria y de desestabilizar la democracia. Con ese guión, acudió en persona a aplastar la protesta de los uniformados, representando el papel del héroe que enfrenta un peligroso complot criminal. 

La leyenda heroica concluyó, sin embargo con media docena de vidas perdidas y la institución policial destrozada. 

 

Los ecuatorianos aprendimos una gran lección del ciudadano colombiano Pedro Restrepo y de su lucha de casi veinte años para encontrar los cadáveres de sus hijos y a sus asesinos. Pedro Restrepo nos enseñó que a los muertos no se los olvida. Si el nunca olvidó a a los suyos, no deberíamos nosotros olvidar a los que perdieron la vida el 30 de septiembre. 

Todo el contenido de “Emilio Palacio en internet” (a menos que se indique lo contrario de manera explícita) se puede reproducir libremente con la única condición de que se cite la fuente. 
 

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