Carta de Cesar Rodriguez al Monarca Ecuatoriano

CARTA AL ÚLTIMO MONARCA

Economista
Rafael Correa Delgado
Presidente Constitucional del Ecuador
Presente.-

Señor Presidente:

Desde hace mucho que Usted se ha desmarcado de todos límites de la democracia contemporánea. Pero, este, su nuevo acto de prepotencia, otro más en contra de la Asamblea Nacional, ha superado ya todo límite, los de la tolerancia, la inteligencia política, la democracia e, incluso, los de la realidad.

Usted, Presidente Correa, ha dejado de gobernar un país llamado Ecuador; ha dejado de vivir en un Estado de derechos y justicia, plurinacional, intercultural, republicano, descentralizado.

Usted, Presidente, pretende estar gobernando un reino de mentiritas, diseñado a su imagen y semejanza, por un puñado de torvos funcionarios y un par de hábiles publicistas.

Usted, Señor, ha hablado. Se ha dirigido a la Asamblea Nacional vetando, con su poder absoluto, la reforma a la Ley de la Función Legislativa y, de regalo, le ha dirigido una carta en la que le conmina a guardar silencio sobre cualquier tema que le incomode, para precautelar la paciencia del Rey y la reputación de la Corte.

Con su venia, Señor, esta agresión al Legislativo no es simbólicamente mayor ni menor que otras que usualmente ejerce su majestad contra cualquiera que hubiere cometido delito de desacato, desacuerdo u opinión: indígenas, medios, movimientos sociales, magisterio, poderes locales, ex militantes, ex amigos, ¡todos hemos soportado años de insultos, sarcasmos y grosería! Pero esta agresión contra la Asamblea Nacional emite, en su significación política, una determinación histórica: es el documento que marca el fin de la democracia en el verdadero Ecuador, aunque provenga de la pluma de un Rey imaginario.

Su Majestad: en una democracia, la legitimidad política de una Asamblea es la misma que la de un Presidente sólo que multiplicada por 124: ciento veinte y cuatro representantes electos, como usted, por votación popular y, por lo tanto, portavoces de la voluntad del pueblo. Nosotros somos sus PARES políticos, Presidente. Por tanto, Usted debe entender que la Asamblea no es una intendencia; que los asambleístas no somos funcionarios de libre remoción; que somos autoridades de elección popular, custodios del equilibrio democrático de la República; autoridad fiscalizadora corresponsable de la administración adecuada y transparente de los recursos del estado; representantes de nuestros territorios, de las voces de la periferia. Fuimos elegidos por el pueblo, que es el mandante; y ni a usted ni a sus cortesanos le debemos obediencia ninguna, mucho menos pleitesía.

Y, a manera de evocación histórica: la Asamblea es y debe ser la Autoridad a la que USTED y sus funcionarios deben rendir cuentas y solicitar autorización para gestionar los recursos públicos.

En la comprensión del significado de democracia y equilibrio e independencia de poderes, que ya nadie en el Ecuador espera de usted, nos quedaba al menos la expectativa de que el Presidente de la Asamblea Nacional adoptase una posición de dignidad y responsabilidad histórica en la defensa del Poder Legislativo. Pero el Presidente Cordero renunció a esa posibilidad desde que le permitió al ejecutivo controlar el procesamiento político de la Asamblea a través de impuros “acuerdos” y “favores”. Para Cordero es imposible ya reaccionar contra la agresión del Ejecutivo después del “¡Para, para, anula la votación!”.

De tener una comprensión histórica sobre la democracia, este Pleno de la Asamblea Nacional debería reaccionar unánime y contundentemente a las pretensiones monárquicas y los despliegues de prepotencia del Rey contenidos en su veto y su carta. Pero para el bloque de PAIS resulta ya imposible recuperar una interlocución digna a causa de los años de maltrato de los funcionarios y ministros a sus asambleístas, de la subordinación orgánica. El bloque de PAIS nunca podrá deshacerse de la vergonzosa condena de haber tenido que sacrificar la dignidad al “proyecto político”, fenomenales eufemismos estos de “proyecto” y “dignidad” para justificar una realidad dictatorial.

Así que la crisis ficticia causada por un monarca ficticio en un reino de mentiritas no se ha de resolver en los laberintos ambiguos de la minada institucionalidad que Usted ha destruido, sino en las urnas, en las organizaciones, en la ciudadanía consciente: la conciencia histórica, la vocación libertaria, los territorios organizados han de ser quienes le pondrán fin a la demencia dictatorial y prepotente de ese puñado de ciudadanos borrachos de poder que se creen por encima de la voluntad del pueblo.

“¡POR QUÉ NO TE CALLAS!” vociferó hace unos pocos años otro Rey, ante la estupefacción de propios y extraños, contra un mandatario latinoamericano. “¡PORQUÉ NO SE CALLAN!” le ha gritado hoy Usted, Monarca, a los representantes del pueblo en el Ecuador –propios y extraños-, esperando mutis en el foro, convencido de la parálisis que genera el miedo, atento a la renuncia de las voces, creyendo que podrá doblegar las voluntades políticas que no ha podido comprar ni amedrentar.

Se equivoca, Presidente: sus gritos tendrán algún efecto en su reino imaginario, pero no en la República de Alfaro, de Montalvo, de Manuela. En esta Asamblea encontrará hombres y mujeres dignos y conscientes de su responsabilidad como representantes del pueblo, y una trinchera de resistencia que ningún vulgar pergamino mal redactado por un Maquiavelo de juguete puede intimidar.

Aquí no nos callamos, ni ante sus arranques ni ante sus ridículas demostraciones de emperador medieval, que serán castigadas por el pueblo en las urnas, por la justicia en los tribunales, por la historia con el olvido: de su paso por la República del Ecuador quedarán solamente la tristeza de una revolución fallida y la vergüenza de un tirano más en la lista de los que pretendieron convertirse en dueños del país.

Será Usted, Presidente Correa, el último monarca; porque este pueblo aprendió ya las lecciones terribles de la democracia y jamás volverá a permitir que ningún otro oligarca disfrazado de revolución se tome la palabra Patria para apoderarse de esta nación merecedora de un mejor destino y de mejores gobernantes.

Aquí y ahora;

César Rodríguez

Administrador

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